Las horas pasaron con
tranquilidad. A pesar de que Rodrigo faltó a clase de nuevo, no fue nadie a
sustituirle, lo que extrañó a Nicole y Dana. El colegio era muy estricto en
cuanto a normas se referiría, más con los alumnos, pero sobretodo, con los
profesores y sus ausencias injustificadas.
Tras otras dos largas horas en un
día soleado, terminaron las clases. Nicole y Dana, como de costumbre, se
marcharon juntas a casa.
- Aún no me puedo creer que te
hayas vuelto a dormir en clase- protestó su amiga.
- Lo siento- se disculpó.- Cerré
los ojos un momento. No pensé que me fuera a dormir. Y menos, en mitad de una
clase.
- ¿Eres de lo que no hay eh?-
dijo revolviéndole el pelo de nuevo- Bueno, me voy a casa que ya es hora.
Debería de ponerme a terminar el trabajo del otro día.
- ¿El del suceso ocurrido en el
mismo año de tu nacimiento?
- Ese- contestó Dana- ¿Tú has
encontrado algo?
- La verdad es que sí. Ya te
contaré, porque me quedé a cuadros cuando lo vi.
- Vaya, ahora me dejas con la
intriga.
- Ja ja ja. Ya te lo contaré, no
te preocupes.
- Mmm… Bueno. Será mejor que me
vaya ya entonces. Te veo mañana- dijo alzando la mano.
- Claro. Si sucede algo te mando
un Whatsaap.
- ¿Qué puede suceder? Además,
estaré trabajando probablemente y ni me enteraré de tu whatsaap. Así que, casi
mejor no me lo mandes.
- Vale, no te lo mando entonces.
Hasta mañana- y con un gesto de despedida, se fue.
El Sol, ahora en su cenit,
informaba de que había llegado el mediodía. Nicole, miró al cielo. Se tuvo que
tapar con una mano para que no le cegaran los rayos. Ni una sola nube. Bajó de
nuevo la cabeza y la giró hacia una esquina de la calle. Le pareció ver…Imposible.
En el recreo, no llegó a ver nada, así que supuso, que era producto de su
imaginación. Pero en ese momento, podía verlo perfectamente. No era una sombra,
no. Era una persona, vestida con ropajes extraños, como si de otra época se
tratase. Vestía una gabardina larga, negra como la noche, que conjuntaba con el
resto de su ropa, también negra. No podía ver su cara, pero se aventuró a
pensar por el corte de pelo, que era un chico. Tan absorta estaba observando a
ese ser, que ni se dio cuenta de que había llegado a parar a un callejón
oscuro. ¿Cómo había llegado hasta ahí? De todas maneras, llegaba tarde a casa,
así que dejó de dar vueltas en su cabeza a lo sucedido cuando…
- Buenos días, Nicole.
El mismo que estaba hace un
segundo al otro lado de la calle, ahora estaba a su lado.
- Perdona, ¿te conozco? ¿Cómo
sabes mi nombre?
- Si te lo dijera, no me
creerías.
- Emm… Perdona, tengo prisa-
dijo, pero antes de que pudiera dar apenas dos pasos, él la interceptó,
interponiéndose, de manera que tendría que sortearlo para poder salir del
callejón.
- Lo siento, Nicole, pero no
puedo dejarte marchar- dijo agarrándola. Su piel, ahora en contacto con la
suya, le produjo un cosquilleo. Se extrañó, no era una reacción propia de
alguien que estaba siendo asaltada por un completo extraño. Su mano había atrapado a su muñeca y la
apretaba. Mucho. Estaban tan cerca que, casi podía sentir su respiración,
agitada para su sorpresa, como si él estuviera más nervioso que ella misma. Le
iba a preguntar que qué era lo que quería de ella cuando una risa se escuchó,
tan cerca, que Nicole se sobresaltó.
- Vaya, vaya. ¿Qué tenemos por
aquí? Si es nuestra querida Nicole. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos mil, tres
mil años?
Aquel que había pronunciado esas
palabras hace un momento, se dejó ver en el callejón. “Otro loco” pensó Nicole.
Vestía únicamente, una túnica negra y un pantalón del mismo color, dejando su
pecho al descubierto, dejando ver tantas cicatrices, que resultaban casi
imposibles de contar. Parecía de la misma edad que Nicole, más alto que ella, y
con el pelo cobrizo. Dejaba ver una complexión atlética en sus fuertes brazos,
que parecía que exhibía con orgullo. Pero lo que dejó atónita a Nicole, es que,
ninguna persona, llevaría por la calle una espada.
- Urbel. ¿Qué haces aquí? – dijo
a la vez que puso a Nicole detrás de su espalda, tratando de protegerla.
- Lo mismo que has venido a hacer
tú, por lo que veo-respondió con sarcasmo.
- ¿Por qué Ipos sigue
insistiendo?
- Nuestro amo tiene grandes
planes para ella.
- Marchaos de aquí. Ella no os
pertenece.
- ¿Y desde cuándo te pertenece a
ti, Daniel?- preguntó otro.
- Desde que es mi obligación
protegerla.
- ¿Protegerla? ¿A ella? No me
hagas reír. Ella podría acabar contigo antes de que te diera tiempo siquiera a
parpadear.
- Se acabó la charla, Marizal.
Vamos a por ella- y, desenvainando la espada, se abalanzó.
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