Con una sonrisa de placer en el rostro y con la compañía del filo de su espada, se fue acercando a Daniel, mientras tanto Urbel no cesaba de fijar sus oscuros ojos en ella.
- ¡Cómo voy a disfrutar de esto, Daniel! No se nos permite matarla pero no nos han dicho nada sobre ti. Así que, ¿por qué no jugamos un rato, mi querido amigo?- dijo Marizal.
- No seas estúpido. Les capturaremos a ambos, vivos ¿entendido? Tenemos que llevarles ante Ipos ¿o acaso se te ha olvidado Marizal?- dijo Urbel.
- No, no se me ha olvidado. Les llevaremos ante él, pero no creo que ocurra nada si tiene varios arañazos ¿no te parece?
- Haz lo que quieras, pero no seré yo quien reciba un castigo.
De nuevo, siguió avanzando hacia el supuesto
protector de Nicole, que seguía ahí de pie, inmutable y sin ningún tipo de
expresión en su rostro. Aburrido de haber tenido que esperar tanto, Marizal
lanzó la primera estocada, rápida y certera, directa hacia sus piernas, con ellas
heridas sería mucho más difícil huir. Pero fue vacío lo que atravesó. Sorprendido,
volvió a alzar la espada dejándola caer hacia Daniel. Y de nuevo, no estaba
ahí. Siguió lanzando estocadas, cada vez más enfadado. Pasaron los minutos y
Daniel seguía con la piel intacta.
- Eres un estúpido, Marizal. Sigues siendo un estúpido después de tanto tiempo.
Urbel, resoplando del cansancio, se incorporó con
la espalda recta y le miró con ojos desafiantes. Pero Marizal ya se encontraba
ahí. Su acompañante, ahora sí que había desenvainado una espada, la cual ni la misma
Nicole sabía que guardaba, también buscaba con la mirada al desaparecido. Giraba
la cabeza de un lado a otro cada vez más asustada, mientras buscaba al agresor
sin ningún resultado. La sangre le hervía, no paraba de respirar
entrecortadamente. Sus pulsaciones iban tan deprisa que podía escuchar a su
propio corazón, que cada vez le latía con más y más fuerza. Tenía la sensación
de que se podría desmayar en cualquier momento pero el miedo era el que hacía
que todos sus sentidos estuvieran agudizados de esa manera. Su acompañante, que
no se había separado de ella en ningún momento, le había dado la mano, con la
otra aún sujetando la espada. Flexionando las piernas se preparaba para el
repentino ataque, cuando de repente, dejó de apretarle la mano. Nicole, giró la
cabeza, lentamente. Seguía ahí, pero completamente rígido. Los ojos de Daniel,
sin vida, estaban completamente blancos, sin pupilas, como mirando sin ver. Una
risa rompió el silencio, sobresaltando a Nicole.
La sonrisa de Urbel fue lo último que vi.
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