Blandió la espada de su maestro ya muerto, y con lágrimas en
los ojos, comenzó a lanzar estocadas. Tantos años de amistad, de compañerismo,
reducidos a la nada.
- No sabes nada, Ipos, nada.
- Ja ja ja- rió. Había bajado la espada y ahora lo miraba, con ojos burlescos hacia Azanael- No sé nada ¿eh? Pero tu querido maestro ha muerto, y tú pronto lo también lo estarás. Todo ha acabado. La nueva raza no ha durado ni 2000 años. Lo que Él no vio es que nosotros teníamos a nuestra propia arma: yo.
- Tú no eres príncipe de nada.
- He hecho lo que nadie creía. Lilith, como la llamáis vosotros, es un ser neutral, divino, supuestamente. Yo, y solo yo, he conseguido hacer que crezca su semilla del mal, y ahora está con nosotros. Ni tú mismo podrás con ella. Invencible, hermosa… Es perfecta.
- No…- no podía creerlo, se negaba a aceptarlo, pero sabía que era verdad. La balanza ya se había inclinado, y esta vez, no les favorecía a ellos.
Lilith, allá en lo alto de la colina, tenía sus poderosas alas, los que
antaño eran blancas y puras como la nieve, extendidas, abarcando casi toda su
figura. Su cuerpo, de curvas sensuales, mostraba una piel allá donde no se veía
armadura. Piel fina, aunque, ya nada podría atravesarla, y ella lo sabía. Ese
nuevo poder, le recorría por las venas, desde los dedos de los pies hasta la
última pluma de sus alas. Su pelo ondeaba suelto a la brisa del aire, casi
irrespirable para cualquier humano, pero no para cualquier ángel. Sus manos, se abrazaban a una espada aún virgen, todavía no había saboreado
la sangre de un ángel, sin embargo, la de un humano sí. “Ese” humano, “su”
humano. Fue tentada, y cayó en esa tentación, y como consecuencia, acabó
atravesando su corazón. Ipos, el responsable del engaño, había tentado a Lilith. Ella, incapaz de amar, pero
también incapaz de odiar, inclinó la balanza a favor de los humanos. Los
ángeles acabaron enfermando, lo que llevó a los demonios a aprovechar esta
ventaja para acabar con sus enemigos naturales. Culpable de ello, Ipos la
propuso un trato, si ella acababa con ese humano, todo volvería a ser como
antes. No matar a un humano: es era la máxima regla a cumplir, y Lilith acabó violándola.
No tenía elección, al menos eso era lo que creía ella.
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