Las últimas palabras que susurró Miguel, pues así se
llamaba, fueron más desconcertantes que cualquiera que hubo escuchado antes:
- No… ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?
Ipos, que no cesaba de mostrar una sonrisa victoriosa,
sabía lo que ocurriría si ella rompía esa ley. Lo que estaba a punto de
suceder…
- AAAAAAHHHHH- Lilith gritó.
Algo, se estaba moviendo en su
interior. Le recorría sus venas, lo podía “sentir” y lo que era aún peor, lo
podía ver: era una serpentina figura lo que estaba bajo su piel. Se podían ver,
incluso los surcos que hacía al recorrer su piel. Subió por su antebrazo a
tiempo que los gritos de Lilith aumentaban. Llegó a su hombro, intentando
sortear la, casi infinidad de huesos que encontraba a su paso. El fin de
aquella “serpiente” no era hacerla daño, ni mucho menos, pretendía llegar a esa
fuente de pureza. Los gritos de Lilith cesaron, dejó de sentir dolor, y su
respiración, comenzó a volverse de nuevo regular. Todo había terminado.
Los gritos cesaron en cuanto la mancha salió de su cuerpo.
Siguió recorriendo su piel, y la mancha, se convirtió en una esfera que cubrió,
al fin, el cuerpo de Lilith, como una pequeña esfera. La mancha, comenzó a
volverse más y más oscura, hasta llegar a ser tan negra y oscura como el
azabache. Toda la maldad de aquel lugar, todos los sentimientos negativos, se
reunieron en aquella esfera, como pequeños hilos que intentaban escapar de esa
esfera. Sin éxito, la esfera absorbía más y más de esa sustancia oscura, como
un agujero negro que todo lo traga. Cuando todos eso hilos cesaron, la esfera
se había convertido en opaca. Una esfera perfecta inquebrantable, o al menos,
eso era lo que parecía, pues tenía la misma textura que el propio diamante.
Parecía que todo estaba en calma, por fin. Hasta que, un piedra, minúscula,
saltó de esa esfera. Una pequeña grieta se fue abriendo paso, haciéndose más y
más grande a medida que recorría su superficie. Ipos, contempló la escena con
cierta añoranza, al fin y al cabo, todos los que eran como él, habían pasado
por ese proceso. Las grietas, que se habían diversificado, se concentraron en
solo punto, haciendo estallar la esfera en mil pedazos, que salieron volando en
todas las direcciones. Ipos tan solo se ocultó con su antebrazo, sabía que no
podía dañarlo, al menos no gravemente, pero la ceguera nunca ha sido mala
compañía para un demonio.
Tras la humareda, apareció
una figura, con dos alas a su espalda, aún más grandes e imponentes de
lo que eran antes, pero esta vez, eran negras como la noche. Sus ojos,
anteriormente de matices dorados, se habían vuelto del mismo color que sus
alas. Unos ojos oscuros, hipnóticos, penetrantes, a los cuales ninguno ser vivo podría apartar su mirada de ellos Su piel, blanca como la nieve, tentaba al propio Ipos de tocarla. Al fin,
libre, la nueva Lilith abrió sus alas y con un grito se alzó al cielo.
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